Hay un consejo que te dieron en el colegio, probablemente tu profesor de Lengua de primaria, que te ha hecho mucho daño. Un consejo que, si quieres ser escritor profesional, debes desaprender hoy mismo.

El consejo fue: «No repitas palabras. Busca sinónimos para enriquecer el texto».

En la redacción general, es un buen consejo. Pero en la escritura de diálogos, es veneno puro. Este miedo patológico a la repetición ha creado una generación de escritores noveles que sufren lo que yo llamo «Alergia al Verbo Decir». Escritores que son capaces de hacer cualquier pirueta lingüística con tal de no escribir «Juan dijo».

Y el resultado es un texto que parece un circo de variedades, donde los personajes no hablan, sino que espetan, inquieren, rebaten, profieren, murmuran, exclaman y hasta ejaculan palabras.

La Invisibilidad del Verbo «Dijo»

Lo primero que debes entender es una regla de oro de la narrativa moderna: El verbo «dijo» (y sus variantes «preguntó» y «respondió») es invisible.

Cuando un lector está inmerso en la lectura, sus ojos escanean el diálogo buscando la información (qué se dice) y el emisor (quién lo dice). La palabra «dijo» actúa como un signo de puntuación. El cerebro la procesa, la utiliza para atribuir la frase al personaje correcto y la descarta inmediatamente. No la «lee» conscientemente.

  • —Hola —dijo Ana. (El lector solo registra: Ana saluda).
  • —Hola —espetó Ana con regocijo. (El lector se detiene. ¿Espetó? ¿Regocijo? Ahora está pensando en el autor y su vocabulario, no en la escena).

Al intentar ser «creativo» con los verbos de atribución (tags), rompes esa invisibilidad. Sacas al lector de la película y le obligas a mirar la cámara. Le recuerdas que está leyendo.

El Síndrome del «Bookismo»

El crítico literario Mel Gussow llamaba «bookismos» a esos verbos artificiales que solo existen en las malas novelas, pero que nadie usa para describir una conversación real.

Analicemos este horror:

—No estoy seguro —titubeó él.
—¡Pues deberías! —bramó ella.
—Quizás tengas razón —concedió él.
—Siempre la tengo —sentenció ella.

¿Notas lo agotador que es leer eso? Parece un partido de tenis léxico. El autor está gritando: «¡Miradme! ¡Tengo un diccionario de sinónimos y sé usarlo!».

Ahora mira la versión profesional:

—No estoy seguro —dijo él, mirando al suelo.
—¡Pues deberías! —dijo ella.
—Quizás tengas razón.
—Siempre la tengo.

Es limpio. Es directo. Y lo más importante: El foco está en la emoción de los personajes, no en el vocabulario del escritor.

La Plaga de los Adverbios

El primo hermano de este problema es el abuso del adverbio acabado en «-mente». Stephen King, en su libro Mientras escribo, dice famosamente: «El camino al infierno está pavimentado de adverbios».

Si tienes que escribir «—Te voy a matar —dijo amenazadoramente«, es que tu diálogo es débil. La amenaza debería estar implícita en las palabras «te voy a matar». Si necesitas el adverbio para explicar que es una amenaza, has fallado como escritor.

Los adverbios son muletas para escritores perezosos que prefieren «contar» (dijo tristemente) en lugar de «mostrar» (dijo, limpiándose una lágrima).

¿Cuándo se permite usar otro verbo?

¿Significa esto que está prohibido usar «susurró» o «gritó»? No. Pero úsalos con cuentagotas, y solo cuando la acción física sea literalmente distinta a hablar.

  • Susurrar: Es una acción física (bajar el volumen, expulsar aire sin cuerdas vocales). Vale.
  • Gritar: Es una acción física. Vale.
  • Bromear, ironizar, mentir, insinuar: NO son formas de emitir sonido. No puedes «mentir» una frase fonéticamente. Dices la frase mintiendo. Por tanto, escribe «dijo» y deja que el contexto muestre la mentira.

Conclusión: Humildad ante la Historia

Escribir buenos diálogos requiere humildad. Requiere aceptar que tú, como autor, debes desaparecer. Tu prosa debe ser un cristal transparente a través del cual el lector ve la historia, no una vidriera de colores llena de palabras raras que tapan a los personajes.

La próxima vez que sientas la tentación de escribir «inquurió», «protestó» o «exhortó»… respira hondo, trágate el orgullo, y escribe simplemente «dijo». Tu novela te lo agradecerá.

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