El Canto de Sirena de la Rima Consonante

Bienvenidos de nuevo a la trinchera, cirujanos del verso. Hoy vamos a abrir en canal a uno de los tumores estéticos más escandalosos y ruidosos que asolan la poesía amateur: la «Rima de Plástico», también conocida en el mundo clínico de la literatura como el ripio forzado. Cuando un autor aficionado se sienta frente a la hoja en blanco y decide que va a escribir un poema, su cerebro, condicionado por siglos de mala educación literaria básica y canciones pop comerciales, le envía una orden letal: «Para que esto sea poesía de verdad, la última palabra de esta línea tiene que rimar exactamente con la última palabra de la línea siguiente». Y es en ese preciso instante en el que el poeta firma su propia sentencia de muerte narrativa. Comienza a sacrificar la verdad, el subtexto, el ritmo interno y el impacto emocional de su mensaje en el altar de la sonoridad barata. Escribir poesía no es encajar piezas en un puzle fonético de guardería; escribir poesía es encontrar la palabra exacta que haga sangrar al lector, rime o no rime.

El ripio es esa palabra que se introduce en el verso no porque sea necesaria para la imagen poética, ni porque aporte un matiz brutal al conflicto del yo lírico, sino única y exclusivamente para completar la rima o la métrica. Es relleno de cartón piedra. Y el lector, que tiene un detector de mentiras infalible incrustado en el tímpano, percibe al instante el sonido a plástico. Cuando lees un poema que encadena pares como «corazón» y «pasión», «dolor» y «amor», o «ilusión» y «razón», no estás leyendo el abismo emocional del autor; estás leyendo una fórmula prefabricada que carece por completo de fricción, de asimetría y de verdad.

El Síndrome de Yoda (El Hipérbaton Asesino)

El síntoma más evidente de que el poeta está infectado por la Rima de Plástico es la destrucción absoluta de la sintaxis natural. Es lo que en esta sala de operaciones llamamos el «Síndrome de Yoda». Para conseguir que esa dichosa palabra consonante quede al final del verso, el autor retuerce el orden lógico de la oración hasta límites absurdos e ilegibles. En lugar de escribir una imagen directa y visceral como «Me dejaste sangrando en el suelo de la cocina», el poeta obsesionado con el ripio escribirá: «En el suelo de la cocina sangrando tú me dejaste, / y con tu cruel actitud mi pobre alma mataste».

Acabas de asesinar el poema. Has cogido una herida real y la has convertido en una cantinela infantil. El hipérbaton (la alteración del orden lógico de las palabras) es una herramienta literaria legítima, pero cuando se usa exclusivamente como andamio para sostener una rima pobre, se convierte en un insulto a la inteligencia del lector poético. La poesía contemporánea exige naturalidad y brutalidad. Exige que hables desde la herida con la misma crudeza con la que hablarías en medio de un ataque de pánico a las tres de la madrugada. Y a las tres de la madrugada, nadie, absolutamente nadie, habla como un trovador del siglo XV intentando encajar consonantes.

La Cura Quirúrgica: Asesina a tus Darlings Fonéticos

Para extirpar este tumor, tienes que estar dispuesto a mancharte las manos y a destruir todo lo que creías saber sobre lo que «suena bonito». La poesía moderna valora infinitamente más el ritmo interno, la cadencia, el encabalgamiento y el subtexto que la rima final. La cura pasa por someter tus versos a la Prueba de la Verdad: si tienes que elegir entre una palabra que rima perfectamente pero es un cliché universal («llanto», «quebranto») y una palabra que no rima con nada pero que es una aguja hiperespecífica clavada en la retina del lector («lejía», «cenicero», «factura»), debes elegir siempre la aguja. Siempre.

Si sientes una necesidad incontrolable de jugar con la sonoridad, huye de la rima consonante (donde coinciden vocales y consonantes) y abraza la rima asonante (donde solo coinciden las vocales), o mejor aún, la rima interna. Oculta la música dentro del propio verso, no la dejes colgando al final como un adorno barato de Navidad. Un poema debe golpear como un puñetazo en la mandíbula, y los puñetazos no avisan con una campanilla antes de impactar. Un buen poema no te prepara para el golpe final dándote una pista fonética en el verso anterior. Te rompe cuando menos te lo esperas.

El Ejercicio de la Prosa Poética

Si sufres de ripio crónico, el tratamiento de choque que prescribimos en la trinchera es el siguiente: coge ese poema del que tan orgulloso estás porque rima de forma «perfecta» y reescríbelo en formato de prosa, como si fuera un párrafo continuo de un relato. Quítale los saltos de línea. Ahora léelo en voz alta. ¿Se sostiene? ¿La imagen sigue siendo devastadora, asfixiante y asimétrica? ¿O de repente te das cuenta de que no estás diciendo absolutamente nada debajo de tanto adorno rítmico?

Si al quitarle la rima el poema pierde todo su valor, es que nunca tuviste un poema; tenías un sonajero. La verdadera poesía sobrevive a la pérdida de la métrica porque su fuerza reside en el choque de sus imágenes, en la violencia de sus contrastes y en la hiperespecificidad de su dolor. Cortad la paja, tirad las rimas de plástico a la basura y empezad a buscar la palabra exacta que de verdad haga sangrar al que la lee. A mancharse de tinta.

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