El frágil cristal entre el autor y el lector
Imagina que estás en un teatro. Las luces se apagan, el telón se levanta y un actor vestido de cartón piedra dice ser el Rey de Inglaterra. Tú sabes que no es el Rey. Sabes que esa espada es de plástico y que el castillo es un lienzo pintado. Sin embargo, decides creerlo. Durante las próximas dos horas, llorarás si ese rey muere y te emocionarás si gana la batalla. A esa decisión consciente de ignorar la realidad para disfrutar de una historia se le llama Suspensión de la Incredulidad, y es el pilar sobre el que se sostiene toda la literatura mundial.
Pero para que el lector suspenda su incredulidad, tú, como escritor, debes firmar un contrato invisible con él desde la primera página: El Pacto de Ficción. Le dices al lector: «Acepta que en mi mundo existen los dragones y la magia, y a cambio, te prometo que todo lo que ocurra bajo esas reglas tendrá absoluto sentido.»
El problema de la mayoría de los escritores noveles es que rompen este pacto. Y cuando el cristal de la credibilidad se rompe, el lector se sale de la historia y es casi imposible volver a meterlo.
La diferencia vital entre lo «Imposible» y lo «Improbable»
Aristóteles, en su Poética, dejó escrita una de las reglas de oro de la narrativa que sigue vigente miles de años después: «Es preferible un imposible verosímil a un posible inverosímil.»
¿Qué significa esto en la práctica? Significa que al lector no le importa lo disparatada que sea la premisa de tu novela (lo imposible), siempre y cuando el desarrollo de esa premisa respete la lógica interna del mundo que has creado (lo verosímil).
Un lector aceptará encantado que un adolescente viaje al espacio en una nave hiperlumínica para luchar contra alienígenas telepáticos (un imposible verosímil dentro de la ciencia ficción). Pero ese mismo lector cerrará el libro indignado si ese adolescente, que se ha establecido que no sabe ni atarse los zapatos, de repente logra hackear el ordenador central de la nave alienígena en cinco segundos sin haber recibido entrenamiento previo (un posible inverosímil o incoherencia de personaje).
Lo imposible se acepta como regla del mundo; lo improbable se percibe como pereza del escritor.
La Coherencia Interna: El verdadero dios de tu novela
Cuando creas un mundo, ya sea un universo de alta fantasía a lo Tolkien o un barrio marginal en el Madrid de los años 80, estás estableciendo leyes físicas, sociales y psicológicas. La coherencia interna dicta que, una vez establecidas esas leyes, tú (el autor) eres el primero que debe someterse a ellas.
1. Las reglas de la magia (o de la tecnología)
Si en el capítulo dos estableces que usar magia agota físicamente al protagonista hasta el punto de hacerle desmayarse, no puedes permitir que en el capítulo veinte, durante la batalla final, lance quince hechizos seguidos sin sudar simplemente porque «es épico». Si violas tu propia regla para salvar al personaje (lo que llamamos un Deus ex machina), estás traicionando al lector. Si el protagonista necesita lanzar esos quince hechizos, tendrás que haber plantado previamente en la trama un objeto de poder, un entrenamiento secreto o un sacrificio enorme que lo justifique.
2. La coherencia espacial y temporal
A esto se le llama «el síndrome del viaje rápido». Si en la primera mitad del libro has dejado claro que viajar de la Ciudad A a la Ciudad B cuesta tres semanas a caballo a través de montañas peligrosas, el ejército de refuerzo no puede llegar en dos días justo en el momento exacto en el que el castillo del protagonista está a punto de caer. El tiempo y la distancia son inquebrantables.
3. La coherencia psicológica de los personajes
Esta es la más sutil y la que más pactos de ficción destruye. Los personajes deben actuar de acuerdo a su personalidad y a la información que tienen en ese momento. Un error de bulto es hacer que un personaje tome una decisión estúpida que va en contra de todo su desarrollo previo, única y exclusivamente porque necesitas que caiga en una trampa para que la trama avance. La trama debe adaptarse a los personajes, no los personajes a la trama.
El primer acto: La firma del contrato
El pacto de ficción se firma en el primer acto de tu novela (generalmente en los primeros tres o cuatro capítulos). Es aquí donde debes enseñarle al lector cómo funciona tu mundo. No lo hagas con infodumping (soltando una enciclopedia de datos), hazlo a través de la acción.
Si tu mundo es un lugar oscuro y cruel donde cualquiera puede morir, demuestra esa crueldad pronto. Si tu historia tiene un tono de comedia absurda donde las leyes de la física no aplican, haz un chiste visual o narrativo en la página uno para que el lector ajuste sus expectativas. Si empiezas una novela como un thriller policiaco súper realista y oscuro, y en la página 200 el detective saca una varita mágica para resolver el crimen, el lector se sentirá estafado.
Conclusión: El respeto por tu propia obra
Mantener la suspensión de la incredulidad no requiere que escribas historias hiperrealistas y aburridas. Requiere que respetes las reglas del juego que tú mismo te has inventado. Cada vez que fuerzas una situación, cada vez que salvas a tu protagonista rompiendo la lógica interna, el cristal se resquebraja.
Trata a tu mundo con seriedad, aunque sea un mundo donde los gatos hablan. Si tú eres el primero en respetar tus reglas, el lector te seguirá hasta el fin del universo.
